La inteligencia de las manos

Autor: Ernst Michael Kranich, 4 de diciembre de 2010

El libre movimiento de los brazos y de las manos

Tal como figura en un conocido manual de ortopedia, «la mano humana es el órgano del movimiento más diferenciado que existe» (Debrunner, 1983, pág. 365). Tal como podemos leer en otro lugar, «es considerada biomecánicamente, con toda seguridad, la parte más compleja del cuerpo» (Reill, 1999, pág. 62). De hecho, no existe otro órgano mediante el cual un ser viviente pueda llevar a cabo movimientos tan diversos como el humano con sus manos. En muchos de estos movimientos a su vez también participan los brazos. Entonces, los movimientos se convierten en un conjunto que abarca el brazo y la mano (Jeannerod, 1994, pág. 535).

Los brazos y las manos están formados plenamente orientados hacia el movimiento libre, conducido desde el interior. Este hecho queda en plena evidencia, a partir de muchos pormenores, en la construcción de estos órganos. En la articulación del omóplato, los brazos se unen al tronco; sin tener, empero una conexión directa con el esqueleto restante, el omóplato se encuentra inserto con gran capacidad de movimiento dentro de un conjunto muscular. Solamente a través de la clavícula tiene contacto hacia el esternón de la caja torácica, vale decir, hacia la organización respiratoria. En el omóplato, la esfera articular del hueso del brazo toca la pequeña cavidad cotiloidea de una manera tal que la articulación permite un gran espacio de movimiento. De esta manera, los movimientos del brazo son determinados por completo por la musculatura o bien por los impulsos del movimiento que actúan sobre la misma. La capacidad del movimiento luego se acrecienta en la articulación del codo mediante los movimientos de extensión y de flexión de la parte anterior del brazo y los movimientos giratorios, mediante los cuales el hombre orienta sus manos hacia arriba (espiración), hacia el medio y hacia abajo (pronación). Luego, los movimientos siguen en la articulación de la muñeca y los múltiples movimientos de los dedos. Así, los movimientos del brazo hasta las manos y los dedos muestran una diferenciación cada vez mayor.

Lo que diferencia la mano humana de todas las demás formaciones parecidas en el reino animal es la posición del pulgar con respecto a los demás dedos y su gran capacidad de movimiento. Nosotros podemos ligar el movimiento del pulgar y el movimiento de los demás dedos a modo de encuentro mutuo; puede asir objetos pequeños o grandes de diferente modo, manejándolos de la manera más dispar, gracias al movimiento de los brazos y de las manos. Al tener en los dedos un objeto, tal como un lápiz o una aguja de tejer, con el pulgar ejercemos una presión sobre los dos dedos en cuestión. De esta manera, el hombre se experimenta a sí mismo al asir un objeto. Lo incorpora a su vivencia propia, como ser-propio se relaciona con los objetos y con las herramientas con las cuales lleva a cabo una tarea. Queda en evidencia que la mano es un miembro de la organización humana del yo. Queda de manifiesto de la manera más contundente en la postura vertical humana. La libre capacidad de movimiento de los brazos y de las manos se encuentra en íntima relación con la postura vertical, sin la cual no sería imaginable.

 

La mano, órgano del sentimiento y de la voluntad

En el movimiento de los brazos y de las manos, nos manifestamos de diferentes maneras. En los gestos y los ademanes, siempre se expresan vivencias interiores. De inmediato, se percibe la expresión de sentimientos y emociones, pero también reflexión, aprobación o criterio negativo. Se trata de manifestaciones espontáneas de la vida anímica; en este sentido, los brazos y las manos son órganos del alma y, desde otro punto de vista, habilidades que aprendemos en el curso de nuestra vida: desde el asir un objeto hasta la virtuosa ejecución del instrumento por un pianista, desde el común andar hasta los movimientos artísticos de un bailarín o una euritmista. Estos movimientos serán nuestro tema de análisis, con la mirada puesta sobre aquellos procesos que tienen lugar en las clases de manualidades durante el aprendizaje de determinadas destrezas.

El aprendizaje de una destreza manual, tal como el escribir o el tejer, tiene diversas condiciones. Mediante el sentido del tacto, tenemos que percibir que sostenemos el lápiz o la aguja de tejer con suficiente firmeza. Sobre todo, necesitamos una conciencia sensible con respecto a los movimiento de la mano y los dedos mediante el “sentido del movimiento” (sentido quinéstico, sensibilidad profunda). Si no tuviésemos en la mano y en los dedos una percepción de la posición y del movimiento de un determinado momento, no podríamos conducir conscientemente los movimientos. La condición previa para el aprendizaje de una destreza es el control del movimiento a través del sentido del movimiento y sus refinados órganos en los músculos (husos musculares) y en los tendones entre los músculos y los huesos (órganos, tendones golgi).

En un principio, el niño se entera de cómo tiene que escribir letras o de cómo al tejer obtiene los puntos siguientes. Adquiere una concepción del movimiento. La ejecución, empero, requiere un esfuerzo por el hecho de que a la voluntad le falta destreza. Por eso, controla el curso del movimiento, sobre todo, también a través de los ojos, desde afuera. En el curso del tiempo, y mediante la práctica de los movimientos, siguen con facilidad cada vez mayor las concepciones del movimiento; la voluntad está pasando por un proceso evolutivo. Cuando el niño ha adquirido la destreza, la regularidad, que al comienzo tenía en la noción, se ha constituido en una cualidad de la voluntad. La voluntad se ha organizado en el sentido de esa regularidad, se ha integrado a la región volitiva.

 

La inteligencia de las manos

Al observar, como el trabajo con el ganchillo o al tejer y genera una textura, queda en evidencia la inteligencia de este proceso. El tejido se genera cuando, mediante procesos de movimiento de la motricidad fina sumamente complicados de la mano derecha y una cooperación exactamente medida de la mano izquierda, se van agregando nuevos puntos a los ya existentes. Cuando el niño aprende a tejer o a trabajar con el ganchillo, la inteligencia inmanente a estas actividades, se convierte en una cualidad de la voluntad. El niño se torna inteligente en su voluntad. No existe tan sólo la inteligencia de la cabeza, sino también aquella de las manos y de los dedos. Es el ámbito más sutil de la inteligencia práctica o «la inteligencia corporal cinestésica», a la cual Howard Gardner adjudica el dominio del cuerpo de un actor, un bailarín, un deportista o incluso de un pianista o de una persona que escribe a máquina (Gardner, 1994, pág. 191).

Cerebro y trabajo manual

Cuando en las clases de manualidades el niño aprende alguna de las mencionadas destrezas, se llevan a cabo determinados procesos entre el cerebro del niño y sus manos, pero también entre los movimientos de las manos y el cerebro, de los cuales tomaremos en cuenta sólo aquellos que tienen lugar entre el prosencéfalo y las manos. La noción del movimiento es formada por el niño en determinadas regiones de la parte delantera del cerebro, en las llamadas área premotriz y área motriz suplementaria.

Se ha constatado que esta área recibe un flujo sanguíneo mayor en el momento de la concepción de un movimiento determinado. Se trata de la expresión fisiológica de esa actividad conceptiva. Cuando el niño ha tomado la decisión de la ejecución de su propósito, ese concepto, a través de determinadas vías, penetra en la organización volitiva de las manos y los dedos. En la década de los años cuarenta del siglo veinte, el neurocirujano canadiense Wilder Penfield descubrió que existe una exacta relación entre la musculatura del movimiento de todo el cuerpo y aquella circunvolución cerebral que se encuentra frente al llamado surco central. Los diferentes tramos de esta espira (Gyrus praecentralis) están relacionados, nervios mediante, con determinados músculos o grupos musculares de la organización muscular humana y dispuestos unos al lado de los otros, como las diferentes regiones corporales con su musculatura. Las áreas que se hallan en relación con órganos con movimientos especialmente diferenciados son llamativamente grandes. A ellas pertenecen las áreas de las manos y de los dedos. Cuando el niño, pasa de la decisión a la activación de las manos y de los dedos, la noción del movimiento avanza desde la región motriz suplementaria, atravesando el área de las manos y los dedos de la espira cerebral precentral por el tractus corticospinalis, al sector de la médula espinal y desde allí, a través de otra vía nerviosa, a los músculos de la mano y de los dedos. Allí se enciende la actividad volitiva, mediante la cual el niño luego mueve su mano y sus dedos. Por esta vía, desde la cabeza del niño, los pensamientos y las nociones penetran en la organización volitiva de las manos y los dedos. Entonces, se determina la regular secuencia de la acción de la voluntad.

A su vez, los movimientos ejercen influencia sobre el cerebro. El sentido del tacto y el sentido del movimiento juegan un rol decisivo en la ejecución del movimiento, sobre todo, en el caso de la motricidad fina. En este caso, el desarrollo es especialmente importante: en aquellos músculos de la mano con los que podemos flexionar los dedos tenemos una llamativa cantidad de husos musculares (los órganos del sentido del movimiento). La percepción del taco y del movimiento causan efectos en el cerebro, primero en aquella espira ubicada detrás del surco central (campo poscentral, Gyrus poscentralis). También allí existe una relación ordenada hacia las diferentes regiones del sentido del tacto y del movimiento de todo el cuerpo, y áreas grandes, susceptibles de una gran sensibilidad, como aquellas de la mano y de los dedos.

En las últimas décadas se ha descubierto que la influencia de la mano y de los dedos sobre el cerebro es sumamente dinámica. En un experimento con un mono, por ejemplo, se indujo al animal a activar una hora diaria durante varias semanas dos dedos de una mano. Al cabo de un tiempo, las áreas de estos dos dedos en el área poscentral eran claramente más grandes que al comienzo del experimento (Merzenich, 1987). Respecto del hombre, se ha descubierto que las manos tienen un tamaño diferente en el caso de los violinistas. El área de la mano derecho, por su gran capacidad de movimientos precisos, muestra una clara diferencia de tamaño con respecto a la mano izquierda, más pequeña. Los movimientos de mayor complejidad con una duración de sólo 30 minutos conducen a un «aumento del tamaño de las áreas actividades en las correspondientes regiones de las manos» que, ciertamente, se retrotrae nuevamente al cabo de una semana (Altenmüller, 1999, pág. 102). Muy impresionante ha resultado el descubrimiento de que existen niños en cuyas manos se ha llevado a cabo la membración de los dedos. Se trata de una «adherencia» (sindactilia), es decir, de un área de la mano considerablemente menor en el campo poscentral. En este caso, para obtener una mano anatómicamente correcta, es posible la separación de los dedos mediante una intervención quirúrgica. Si ello ocurre, en el cerebro sucede algo aún más asombroso: en unas semanas, «en el campo cortical se expandirán las representaciones de los dedos para ocupar su lugar ancestral» (Winmann, 1999, pág. 37). Entonces, se ha de suponer que con el ganchillo, el tejido y otras habilidades de motricidad fina de las clases de manualidades aumentarán las áreas de la mano y los dedos en el cerebro de los niños. No obstante, esto indica, además, que con ello también la inteligencia de las manos y de los dedos ejercerá influencia sobre el cerebro como órgano del pensar.

 

Consecuencia de un empleo pleno de sentido de los dedos

Antes de realizar debates mayores al respecto, tenemos que tomar conocimiento de los conceptos de la fisiología acerca de importancia y del significado de aquellos mensajes que fluyen al cerebro desde los órganos de los sentidos del tacto y del movimiento. Al no llegar al cerebro, por hallarse dañadas, las áreas correspondientes en la espira detrás del surco central, entonces está menoscabada la percepción en las correspondientes partes del cuerpo. Una lesión condicionará, además, «una paresia aferente, en cuyo caso se mantiene la fuerza muscular, en la cual, empero, el gobierno exacto de las extremidades se encuentra fuertemente disminuido, de modo tal que un paciente con ausencia de percepción cenestésica (vale decir, en el caso de ausencia parcial del sentido del movimiento) no puede realizar movimientos espontáneos con una mano o con un pie. Existen aún otros trastornos en la misma dirección» (Lurija, 1996, págs. 171 y 172).

El hombre puede acrecentar la habilidad de sus manos y de sus dedos únicamente cuando en la práctica del sentido del movimiento se torna más sensible y activo. Esto conduce a la ampliación de las áreas en el campo poscentral. Con ello, empero, nos hemos formulado aún toda la importancia de este acontecimiento. Dado que, si el sentido del movimiento cobra una influencia mayor sobre el cerebro, esto concierne así mismo el orden en la secuencia de los movimientos. Desde hace poco, los diferentes investigadores le adjudican una nueva función a las manos. El neurólogo estadounidense Frank R. Wilson sostiene que el desarrollo de la mano humana ha sido decisivo en el curso de la evolución para el desarrollo del cerebro y de las funciones espirituales del hombre (Wilson, 2000). El conocido neurofisiólogo finlandés Matti Bergström señala que el empleo pleno del sentido de los dedos cobra gran importancia para el desarrollo de la comprensión espiritual. Cuando a los niños no se los incentiva a ejercitar sus dedos y la capacidad de configuración creativa de los músculos de sus manos, se desaprovecha el desarrollo de su comprensión con respecto a la relación espiritual (unity) de las cosas; se impide el despliegue de sus fuerzas estéticas y creativas. En la misma dirección apunta la siguiente acotación de Howard Gardner (1994, pág. 193): «En los últimos años, los psicólogos han descubierto y remarcado una relación estrecha entre el empleo del cuerpo y el desarrollo de las fuerzas cognitivas. Según el psicólogo inglés Frederic Barlett, el pensar se basa sobre los mismos principios como las manifestaciones de las facultades físicas, vale decir, la inteligencia práctica».

Cobran una gran actualidad las acotaciones de Rudolf Steiner de la década de los años veinte del siglo último acerca de la destreza de las manos y de las manos. En una de sus conferencias, decía: «Muchos ignoran el saludable pensar, la sana lógica que podemos tener al saber tejer» (Steiner, G A 306, pág. 142). En otra de sus charlas, también con respecto a las clases de manualidades, mencionaba: «Al saber que nuestro intelecto no se forma por el hecho de que nos orientamos directamente hacia la formación intelectual; al saber que alguien que sin destreza torpemente mueve sus dedos tienen intelecto poco hábil, ideas y pensamientos poco flexibles, mientras que aquel que tiene la capacidad de poder mover sus dedos con agilidad posee ideas y pensamientos flexibles y puede entrar a la entidad de las cosas, no infravaloraremos lo que significa desarrollar al hombre exterior con la meta de que de todo el manejo del hombre exterior emane del intelecto» (Steiner, G A 301, pág. 80).

Mediante el sentido del movimiento, podemos seguir el curso de los movimientos de la mano y de los dedos. Tomamos conciencia de la secuencia del movimiento, impulsada por la voluntad. Hemos visto que, en el caso de una actividad como el trabajo con el ganchillo y el tejido, ese curso del movimiento está compenetrado y determinado por inteligencia. La secuencia determinada por la inteligencia de los movimientos individuales, la podemos percibir en el sentido del movimiento. Sucede que la actividad del sentido del movimiento, tal como lo hemos referido, posee una fuerte influencia sobre el campo poscentral del cerebro. Al tejer y al trabajar, empero, está presente la inteligencia. Evidentemente, es un factor decisivo en el caso del aumento del área correspondiente en el campo postcentral. De esta manera, tomamos conocimiento de un significativo estado de cosas, vale decir, que la inteligencia de las manos y de los dedos cobra efecto en el cerebro de la ampliación de esas áreas. Al respecto, tenemos que tomar en cuenta que estas áreas están relacionadas con otras regiones del cerebro, sobre todo, con determinadas regiones del lóbulo parietal, del lóbulo temporal, pero también del cerebro frontal. Son el sustrato físico-psicológico con respecto a muy diversos procesos conceptuales y del pensar.

El cerebro frontal es el órgano para la compresión de los complejos contextos espirituales. Podemos suponer, entonces, que la inteligencia de las manos en su camino a través del campo postcentral, cobra efecto en esas adicionales regiones del cerebro, ejerciendo una influencia sobre la manera de cómo allí se forman las concepciones y pensamientos. ¿Qué significa esto? A menudo vinculamos hechos que no tienen una relación interior entre sí. Se constata, por ejemplo, que de la aleación química de hidrógeno y oxígeno se genera agua. Deberíamos explicar de qué manera de la conjunción entre las cualidades y fuerzas existentes en el hidrógeno y en el oxígeno resulta la generación de agua. En lugar de una explicación, se alude al modelo de la molécula del agua o bien cómo, bajo una determinada influencia del sol (calor y tiempo diurno), las plantas forman flores. Debería mostrarse aquí cómo a partir del mayor efecto de luz y calor resulta un proceso de transformación hacia la flor. No deberíamos remitir el tramo en el desarrollo de la planta a hormonas y determinados genes. Podríamos citar otros ejemplos de diferentes ámbitos y el modo de pensar cotidiano, donde las explicaciones, en ocasión de la mirada indagatoria muestran ser meras conjeturas.

Se observa que una manera de pensar ineficiente vincula, una y otra vez, precipitadamente, hechos con pensamientos. El curso del pensamiento no es desarrollado con lógica interior. Se interrumpe y se adhiere algo que no posee conexión interior con lo precedente. Frente a ello, en el pensar, con lógica consecuencia interior, debemos buscar evidentes relaciones. ¿De qué índole es, entonces, por ejemplo, la inteligencia inmanente al tejido? Allí se produce una textura de un contexto regular cuando conducimos los movimientos de nuestras manos y de nuestros dedos de manera tal que el miembro siguiente, el punto siguiente, «interiormente», se agrega al precedente por el hecho de que el punto nuevo se pasa por el punto anterior. La inteligencia de la actividad del tejido está presente en los movimientos extremadamente hábiles de motricidad fina, mediante la cual cada miembro perteneciente al todo se genera a través de la ligadura coherente con los demás miembros. ¿Qué significa cuando esa inteligencia cobra efecto en el cerebro, ejerciendo allí una influencia sobre el pensar? Se incentiva el deseo de realizar cada paso en el pensar, a partir del contexto con los pasos dados anteriormente y tomar como valedero únicamente aquello que realmente convence por el hecho de que se hizo evidente la relación con lo otro. Si a ese modo de pensar lo llamamos saludable, tal vez podamos decir que ha superado su debilidad interior: el ámbito de las manualidades tiene una función importante también en el desarrollo espiritual de los niños. Si un niño aprende a tejer, aprende a trabajar con el ganchillo y aprende a realizar varias tareas manuales. Entonces, sus manos adquieren inteligencia, y de la inteligencia de las manos parte un efecto a través del cual su pensar puede desarrollarse con salud.

Autor: Ernst Michael Kranich, 4 de diciembre de 2010,

*El doctor Ernst Michael Kranich, nacido en 1929, estudió biología, paleontología, geología y química en en el Tübingen, haciendo una promoción en Botánica. Durante varios años trabajó como maestro del ciclo superior en una escuela Waldorf. De 1962 a 1999 ha sido director de la Escuela Superior Libre de Stuttgart/Seminario para la Pedagogía Waldorf. Publicó numerosos trabajos sobre botánica, zoología y antropología.

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