El estado de la cuestión – parte 3 

Rebecca Wild llama la atención de modo muy clarificador sobre la dificultad del ser humano en virtud de la capacidad adaptativa que le da el modo de funcionar de la corteza cerebral en tanto puede ser escriturado desde el exterior. Quizás lo podamos ver con más profundidad en otro post, no obstante planteemos someramente aquí algunas bases teóricas importantes necesarias para enmarcar la discusión.

(El desarrollo de este apartado lo tomamos de los trabajos de R. Wild. Educar para ser, pg 77 y siguientes. Ved “referencias bibliiográficas”.)

Como hemos visto al hablar de niveles del primer aparato de control y coordinación de las funciones de los organismos, el sistema nervioso reticular, es el encargado de controlar todos los procesos automáticos del organismo. Es el primer sistema organizativo: cuando algo cambia en el entorno se establecen las medidas preventivas para proteger al organismo. En los estudios biológicos se ha observado que este sistema sólo reacciona con el contacto directo con un estímulo. Así por ejemplo un gusano variará su dirección cuando se le toca. Otros ejemplos los encontramos en todas las regulaciones automáticas: cuando el organismo siente una variación en la temperatura del entorno emite una señal que produce toda una serie de cambios para regularse en función de la temperatura del ambiente. En definitiva todos los sistemas y aparatos que funcionan de modo automático, respiración, digestión, etc., están regulados por este cerebro.

A nivel evolutivo este perfecto sistema de regulación cuenta con algunas desventajas. Es un sistema que no es capaz de predecir, no es capaz de anticiparse a los cambios que se puedan dar en el medio. Así por ejemplo una polilla no predice el calor de una vela hasta que se quema. Por esto la naturaleza desarrolla otro sistema de control superior que se ha venido a llamar el sistema límbico, el cual desarrolla su máxima perfección en los mamíferos. Este sistema es capaz de anticipar y recibir señales antes de verse inmerso en el acontecimiento. También se ha llamado cerebro emocional.

Hay toda una serie de patrones conductuales que a lo largo de las generaciones se van estableciendo en el sistema límbico y que pasan a formar parte del modo de comportamiento heredado de una especie. Entre ellas están la forma de aparearse, el cuidado de las crías, o la defensa, entre otras. Esta capa cerebral se desarrolló sobre la capa reticular, y si bien determina unos patrones de comportamiento altamente efectivos para la supervivencia, establecidos por herencia en las distintas especies, dejaba el organismo indefenso ante cambios inesperados en el medio circundante. Un ejemplo de ello lo tenemos en las tortugas de las Galápagos. Estas tortugas aprendieron a dejar sus huevos en una zona caliente de la playa a una determinada distancia del agua. Este programa no obstante se estableció antes de que llegaran las gaviotas a las islas. Cuando esto sucedió las gaviotas mataban a un alto porcentaje de las crías recién salidas de los huevos. De esta manera muchas especies se extinguieron ante cambios repentinos en su medio vital. (recordemos, de cara sobre todo al tema que aquí tratamos, que el cerebro emocional porta los patrones de comportamiento en el cuidado de las crías).

El cerebro emocional ha evolucionado a lo largo de doscientos millones de años, es nuestra herencia más fundamental. La corteza cerebral tiene poco más de un millón de años. El cerebro emocional regula las relaciones de placer y dolor, es el estrato que nos liga con las cosas, con los demás, con el presente. Es un aparato de cognición, altamente sutil, que sin embargo, al no funcionar con el mismo lenguaje que el cerebro “racional”, en muchas ocasiones desoímos en nuestra vida adulta, llegando a atrofiarse a una edad temprana. Vamos a ver como uno de los factores fundamentales que conlleva la operatividad del cerebro emocional es que va a hacer de mediador entre las funciones superiores y las inferiores. Está en el centro; siempre va a recibir y rebotar la información, estableciendo la posibilidad de una relación vertical entre los tres cerebros, capacitándonos para escuchar nuestro ser instintivo, nuestra naturaleza primaria, nuestra inteligencia orgánica, situada en las capas más profundas, así como toda la dimensión propiamente afectiva, y la dimensión racional y las funciones superiores del cerebro. Como veremos más adelante, cuando se produce un aprendizaje, o mejor, cuando el niño tiene una vivencia, y esa vivencia le hace involucrarse en un proceso de aprendizaje, participa todo su ser; es un particular estado del organismo donde vamos a observar los tres cerebros, esto es, todas las dimensiones del ser, el cuerpo, la emoción, la inteligencia, participar activamente y permear el organismo entero. Al decir de Unamuno, ahí aprenden hasta los huesos.

El cerebro emocional es donde habitamos, o es al menos la parcela más amplia de nuestro habitar. El sistema abstracto de símbolos, producto del desarrollo de la corteza, nos permite establecer una red sobre el futuro y sobre el pasado, pero el cerebro emocional es lo que caracteriza nuestra vivencia, es lo que tiñe nuestra relación. No puedo evitar contarlo: hace un tiempo tuvimos la oportunidad de estar cerca de orangutanes en Sumatra, uno de los pocos lugares del mundo donde quedan orangutanes en libertad. Estos bichos son bichos bellos. El contraste entre el individuo sudoroso que asciende con dificultad por el sendero, berreando haciendo fotos con su sudorosa esposa, es notable. En cierta medida estos bichos están limpios, mientras nosotros vamos llenos de palabras, de esperanzas, de futuros, de olvidos podridos, de pecho encorsetado, de soluciones sustitutivas en nuestro agrio modo de relación. Estos bichos muestran, sin género de dudas, que eso que llamamos humanidad es la presencia sana de nuestra afectividad, y una relación igualmente afectiva con el medio, con los demás. Son bichos que te iluminan con su humanidad.

El cerebro emocional es así un factor esencial a tener en cuenta en nuestra discusión.

La evolución continuó, desarrollando poco a poco una nueva capa sobre el nivel límbico que pudiese ofrecer una respuesta satisfactoria a los cambios inesperados en el medio ambiente. El nombre que se le ha dado a esta nueva capa es cerebro nuevo o corteza cerebral. Esta sorprendente capacidad adaptativa y evolutiva del cerebro fruto del desarrollo de este aparato tiene como principal característica que no está cerrado a un sistema de reglas como es el caso del cerebro límbico. No está determinado por un programa determinado de conducta, sino que es capaz de dar nuevas respuestas a problemas insospechados. Dada su naturaleza abierta es a través de la relación con el entorno que va adecuando sus programas, pudiendo variar los programas preexistentes, esto es, pudiendo modificar sus programas instintivos adecuando su respuesta a las distintas situaciones, pudiendo considerar las situaciones desde distintas perspectivas y encontrar cauces de acción alternativos.

Esto tiene ventajas pero también tiene notables peligros: al tener tanta plasticidad para adecuarse al medio se corre el riesgo de que pueda ser programado desde el exterior, intentando obviar las disposiciones y la sabiduría propias de la especie almacenadas en las capas más profundas del cerebro. Siguiendo este modo de programación se viola el principio fundamental “de dentro hacia afuera”, el principio de la autonomía.

La cuestión que estas consideraciones ponen sobre la mesa en relación a nuestra investigación es clara: ¿qué pasa si no tenemos en cuenta nuestra propia fuerza activa, qué pasa si, gracias a esta plasticidad de nuestro cerebro no atendemos a nuestras propias necesidades, cuál es el resultado de no atender en lo absoluto a nuestro plan interno de desarrollo? ¿Qué tipo de ser humano y qué tipo de comportamiento tiene ese ser humano al crearse esa fricción entre sus necesidades y la programación proveniente del exterior?. O de otro modo, ¿qué sucedería si confiásemos en la posibilidad de que llevemos dentro de nosotros el principio de nuestro desarrollo, qué sucedería si en lugar de imprimir un programa artificial confiásemos en que el organismo, el niño, el ser humano, tiene en sí la posibilidad y la capacidad para autodeterminarse, crearse en función de su propio plan humano? ¿qué sucede si creamos un entorno en el que esta situación pueda tener lugar?

Lo que observamos de modo claro en la práctica, sobre todo con niños pequeños, es que no atender a ese plan particular, desoír las necesidades propias de los niños lleva a un desequilibrio evidente en el desarrollo que deriva en unos comportamientos atípicos, y consiguientemente en unos modos de relacionarse insatisfactorios, y en muchos casos dañinos, para sí, para los demás y para el entorno. Cuando la programación desde el exterior se establece a fin de satisfacer las necesidades de un determinado entorno, sea un entorno socioeconómico de producción, sea lo que fuere, inevitablemente el organismo, aunque capacitado para adaptarse, sufre y cada vez va viendo más restringida su capacidad de autonomía, esto es, de ser capaz de estar en contacto consigo mismo y de autodeterminarse. La reacción que tiene lugar ante esta situación la llamamos dolor.

El niño porta en sí, a modo de gestión adaptativa, un impulso increíble para intentar agradar. Si está en un escalón y le pides que salte tres escalones, al final lo va a hacer, lo va a hacer por ti. Las prácticas que establecemos actualmente por un lado impulsan al niño a saltarse continuamente las etapas que le toca vivir, los procesos que ha de aprender, y al propio tiempo va generando parcelas de dolor; para posibilitar esa adaptación a las exigencias del mundo adulto, esas necesidades no satisfechas se aíslan en parcelas de su cerebro para que no dañen el resto del organismo. Son parcelas de dolor, que tienen unas consecuencias para su vivencia subjetiva y su relación. Esas parcelas de dolor son las que van creando desequilibrios y una desconexión entre las distintas capas del cerebro. Se va dificultando la relación vertical entre los tres cerebros, para quedarse con la información escriturada desde el exterior que se almacena en la corteza cerebral. Veremos a lo largo del trabajo como el proceso de instrucción al que nos vemos sometidos en nuestro actual modo de vida carga una y otra vez contra la relación del organismo consigo mismo, estableciendo una relación superficial con la escrituración que se recibe del exterior, una escrituración que se recalca, se subraya, se perpetua a través de años y años de sujeción y control sobre los impulsos, los gestos, los pensamientos, los movimientos, los sentimientos, las pasiones, los intereses, en fin, la voluntad. La virtud del ser humano se torna contra sí mismo. La naturaleza ve que su propia virtud, su propia capacidad se revierte en una escrituración exterior en base a un sistema que sigue unas pautas que no sirven a nadie, excepto al sistema mismo. Así podemos decir ya que se trata de un proceso de deshumanización. En esta situación la discusión sobre la libertad no tiene sentido, no puede articularse. Para que pueda darse el individuo debe retener un contacto consigo mismo, para desde ahí madurar y hacerse libre de los sistemas de orden inferiores.

Entonces vemos aquí la ambivalencia de la discusión, podríamos decir, el nudo gordiano: para poder crecer en libertad se han de satisfacer las necesidades de las distintas etapas de desarrollo, para que podamos madurar posibilitando el contacto con el interior. Por otra parte, libertad es, al mismo tiempo, hacerse cargo de uno mismo.

Es interesante que en ocasiones valoramos la autenticidad como estar profundamente esclavizado por el automatismo de mi emoción o de cualquier hábito interno. O del otro lado, de un condicionamiento externo completo. Mediante la conciencia pasamos al otro lado del espejo. La espontaneidad no es moverse en automático regido por los niveles inferiores de las demandas del cuerpo, las simpatías y antipatías, el juicio automático proveniente del parloteo de la mente, del ruido mental. La espontaneidad de un individuo responsable es ser libre para expresar, actuar y manifestarse por encima de esos condicionamientos.

¿Esto qué tiene que ver con las escuelas? ¿Con la educación? Tiene que ver por cuanto determina una meta para la etapa formativa del ser humano. Tiene que ver por cuanto debemos dar cuenta de una visión del ser humano para poder disponer de las condiciones necesarias para su crecimiento y maduración. Tiene que ver por cuanto en base a la responsabilidad que tomemos en este asunto así entonces construiremos un tipo u otro de comunidad. Vida, aprender, compartir, crecer, es una y la misma cosa. Bajo estos parámetros ¿qué es una escuela, qué debería ser una escuela? Digo, más allá de Taylor.

 

 

 

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