La carretera que va de Denia a Orba, donde está Ojo de Agua, a mediados de octubre, viniendo de la estepa castellana y del otoño castellano, me produce una impresión profunda. Naranjos, palmeras, almendros, pinos, esa especie de mezcla exuberante que caracteriza el mediterráneo. Debe ser la edad, la crisis de los 40, o simple cursilería, pero la contemplación sensible de esta belleza, de toda esta vida, me sobrecoge un poco. 

Tras llegar a Orba y callejear un poco accedo a un camino de tierra, por el que transito unos metros. La naturaleza se acerca y se vierte sobre el camino. Aparco el coche. Ha amanecido hace poco rato. La sensación de esta hora del día está presente en el aire, la temperatura, la humedad, sobre todo la densidad de la luz, como un tejido que envuelve todo. Me quedo sentado unos instantes, respiro un par de veces, como queriendo fijar este instante en la memoria, como si el aire me ayudase a recoger este instante. Estos centros son como templos. Y me aproximo a ellos, inconscientemente, con una especie particular de respeto. Hay una suerte de reconocimiento profundo a lo que allí se hace. Se lo difícil que es mantener eso a flote; hacerlo durante 21 años es una proeza. 

El camino que me separa de la puerta de entrada son unos quinientos metros. Un camino de tierra con piedra rota. Rodeado de vegetación, almendros bellos que recogen en sus arrugas otro sentido del tiempo. Están matando a los almendros aquí. Con sus formas, encorvadas, uno podría oír sus lamentos. 

Al llegar a la puerta de la finca me encuentro con Javier, quien me da la bienvenida afectuoso, cercano, con un abrazo. Hoy es sábado, tiene lugar un seminario para adultos interesados en la escuela cuyo título es suficientemente elocuente: «Promover nuestra humanidad esencial«.

Aterrizo a la realidad material del lugar. Lo había visto mil veces en imágenes en nuestras indagaciones previas. Siento la dimensión de la construcción principal de la escuela en relación al entorno. El territorio se superpone al mapa, y se crea una nueva imagen. Casi tres hectáreas de terreno, a escasos 700 metros del pueblo, y a la vez perdido en el campo. Tras entrar se yergue imponente el edificio principial, en forma de boomerang, que quizás se percibe un poco mayestático entre la vegetación. 

En un círculo de sillas esperan unas 20 personas. Nos incorporamos 6 o 7 más antes de empezar.

El seminario comienza con una pregunta: “¿qué es ser humano? ¿Qué es lo que determina nuestra humanidad?” Javier y Marién nos hablan de la importancia de la confianza, en uno mismo, en el otro, en la vida. Con-fianza, con-fe, fe como una vía de conocimiento no racional, más cerca de la intuición, del corazón.

El día continúa con explicaciones del funcionamiento de Ojo de Agua. Después paseamos por la finca, donde se nos explica en detalle todo la visión permacultural que acompaña a la escuela y más tarde pasamos al interior donde visitamos todos los espacios de Ojo, como llaman familiarmente a este espacio.

¿Cómo explicaros lo que hemos visto aquí?

César Bona dice en una conferencia que la esencia de la infancia en muchas ocasiones debe quedarse fuera de la escuela. Es difícil describir la esencia de la infancia, pero él se refiere a la curiosidad, la imaginación, la creatividad, el asombro, la ganas de participar, de compartir, de pertenecer. Eso, muchas veces debe quedarse fuera para que la escuela pueda funcionar como funciona. En las escuelas que vamos a ver queremos ver como establecen ese equilibrio entre lo que trae el niño, es decir, en qué medida puede estar presente esa esencia de la infancia, y lo que es determinado o impuesto por el adulto, o por el currículum. En algún caso se traza esa línea en un extremo del arco, donde la esencia de la infancia no cabe, y todo es el curricúlum y lo que diga el adulto. Todos-aprenden-esto-ahora. Es muy contra el sentido común, pero no nos es extraño este modo de funcionar. En el otro extermo del arco está que todo el aprendizaje es autorregulado. Esta es la decisión de Ojo de Agua: No vamos, desde el marco adulto, a enseñar nada. El interés, la iniciativa, la voluntad, va a partir siempre del niño, del joven. Ellos han trazado esta línea de modo absolutamente claro.

Es decir, no hay curriculum. El curriculum se va construyendo en la medida en que aflora el verdadero interés de un niño o una niña.

Una vez que un niño tiene claro qué quiere hacer, aprender, proponer, lo apunta en un tablón. Cuando hay un grupo suficiente de niños para desarrollar ese proyecto o actividad, se organiza.

Esto significa entre otras cosas que uno debe estar en contacto consigo mismo, con lo que le interesa. En segundo lugar debe llegar ahí y proponerlo, comunicarlo, expresarlo. Después ponerse de acuerdo con más personas para ver cómo organizarlo. Después disponer de los medios materiales, de tiempo y de energía para llevarlo a cabo. Luego hacer el transcurso de todo el proceso, esforzarse por mantener su compromiso con esa tarea y a desarrollarlo hasta el final. Y por último, terminar. Cerrar el proceso. 

Esta es una experiencia que tiene un inmenso valor: conectar con tu interés, compartir, ponerte de acuerdo, desarrollar el proyecto, terminarlo. Esto moviliza, despierta, y requiere de toda una serie de recursos internos, personales, que son fundamentales en la vida. Es de hecho, todo lo que trae esa esencia de la infancia, puesta a su favor. Las ganas de crecer, de hacer, de compartir, toda esa fuerza puesta en su favor, no obviada, negada o prohibida. Es un trabajo, decían en el seminario, de desandar ese dogma establecido que dice: “si no obligas a los niños a aprender, no van a aprender nada”. En Ojo de Agua nos decían que aprender y vivir son la misma cosa. Los adultos desde este lugar ejercen un papel de facilitadores, de posibilitar reunir los recursos necesarios para que las propuestas de los niños y niñas puedan llevarse a cabo.

Ahí entonces, desde este marco, los límites no funcionan para arrinconar la esencia de la infancia. Ese no es el sentido de los límites que aquí se da. Los límites funcionan para que haya un ambiente donde el aprendizaje, el vivir, el convivir, pueda darse. Un ambiente donde haya respeto a uno mismo, y a lo otro, sea humano o no humano. Los límites consisten así en aquellas medidas, normas, que regulan la convivencia para que no haya agresiones, para que los conflictos, que son inevitables cuando los seres humanos se juntan, sean productivos, y se resuelvan mediante la comunicación y el diálogo. Así, los límites no se usan contra alguien, sino en favor de un ambiente. No es contra algo, sino en favor de algo.

Este punto es importante, y lo vemos también en nuestra pequeña comunidad educativa, en Baobab: cuando tratamos de buscar una manera distinta de hacer las cosas, otros modos de relación con la infancia, con la afectividad, con la directividad, se nos resbala la claridad con los límites, perdemos claridad en nuestro posicionamiento concreto en el día a día con esta cuestión. Queremos hacer las cosas de otra manera y por miedo a cohibir, a quitar libertad, a quitar esa espontaneidad de poder elegir y estar en contacto con tu propio ser, nos liamos y perdemos nuestro sitio como adultos, perdemos nuestra responsabilidad. Así es también la comprensión explícita en Ojo de Agua. La libertad va de la mano de la responsabilidad. Como adulto yo soy el que puede encarnar una autoridad porque, en teoría, he hecho el camino hasta convertirme en un ser humano responsable. Acompaño con mi autoridad al niño o a la niña hasta que a través de un proceso de crecimiento y maduración pueda ser una autoridad para sí mismo. Durante un tiempo muy largo mi autoridad es necesaria, porque no existe todavía la madurez para tomar un cierto tipo de decisiones, ni para para gestionar un determinado tipo de impulsos, deseos, apetitos, etcétera. Nos nos liemos ahí. Una cosa es que el interés guía lo que puedo desarrollar como actividad en un ambiente de crecimiento donde se convive, de manera que puedan estar alineados mi sentir, mi pensar y mi hacer, encontrando así un horizonte de sentido en mi experiencia, y otra cosa es que puedan tomar cualquier decisión: videojuegos a los 6, tarta de chocolate a las 11 de la noche, gritar con desenfreno en la sala de estudio, faltar el respeto, agredir a otras personas, etcétera. El camino, es siempre en ambas direcciones: en una madurez interna que encarne una autoridad amable por su propia madurez y comprensión, y en dejar ser.

Una mamá del seminario pregunta: ¿qué pasa con el esfuerzo, con la perseverancia, con el dejar las cosas a medias? -Tengo la duda -dice- de si esta manera de poder elegir lo que cada uno quiere favorece que los niños sean perseverantes, que hagan esfuerzos. La respuesta de Javier y Marién es muy clara: hay un acuerdo en el compromiso que se establece al iniciar un proyecto, un taller o una actividad. Cada proyecto es diferente, pero de nuevo es fundamental la responsabilidad. Hay un acuerdo de que si asumes un compromiso de llevar a cabo un determinado proyecto, hay que sostenerlo, hay que terminar. Ahí el adulto juega un papel. De nuevo libertad y responsabilidad van de la mano. Si te has comprometido con algo, a no ser que sea por una causa suficiente, has de mantenerlo. Es tu responsabilidad con el grupo, con el proyecto, con las personas que han dispuesto los recursos para que pueda llevarse a cabo, y contigo mismo. Sostener esa clase de esfuerzo a partir de un compromiso adquirido voluntariamente, también es importante.

El ejemplo más impactante de esto fue cuando decidieron hacer la cabaña. Hubo una serie de niños, que como todos los niños del mundo, tuvieron la propuesta de hacer una cabaña. Entonces se formó el grupo y para saber qué tipo de cabaña iban a construir decidieron preparar cada uno en su casa unos bocetos. Al cabo de los días, todos vinieron con sus propuestas, y uno de ellos, había hecho una maqueta impresionante con su padre con cerillas … de un domo geodésico! Claro, todos dijeron a una: queremos hacer eso. Tras valorar la viabilidad del proyecto tomaron un compromiso: si empezaban, había que estar hasta el final. Hubo un par de personas que decidieron no participar, y el resto, unos doce chavales y chavalas asumieron el compromiso de llevarlo a cabo. Tardaron tres años. Todos, con todo tipo de dificultades, llegaron hasta su construcción final, que podéis ver en la foto.

Para que no se haga muy largo el post os seguiremos contando de la experiencia de Denia y Ojo de Agua en el post de la próxima semana. También sobre la entrevista/conversación que pudimos tener con Javier. Contadnos en los comentarios si os interesa que profundicemos un poco más en la visión pedagógica de Ojo de Agua y qué dudas os surgen sobre su propuesta. 

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