Campamento Base – parte 2 

 

 2 – Autoridad: aquello que adquieres al crecer internamente, al adquirir mediante el autoconocimiento la capacidad de elegir. Va unida al hacerte cargo de ti mismo/a, a la comprensión, a la capacidad de amar, a la conciencia moral, a la inteligencia. 

En el ámbito educativo una de las razones por las que hemos perdido el sentido de la autoridad es porque hemos perdido el sentido de la libertad. No sabemos qué significa, ni por qué, ni para qué la libertad. Hemos de empezar clarificando estos conceptos. La semana pasada entramos someramente en la idea de la libertad. Ésta abordaremos los conceptos de autoridad, autonomía y límites. La próxima semana profundizaremos en los principios de la autonomía y la sugestionabilidad o domesticación.

Estos tres posts de alguna manera se escribieron como una unidad, que hemos dividido en tres para que no se hiciesen muy largos. Si no tuviste ocasión de ver el anterior quizás comenzar por ahí contextualizará la lectura de éste.

Hay que dar una breve nota sobre lo que nos trae hasta este lugar. Los factores históricos y sociales que operan sobre esta problemática son fundamentales: Yo ejerzo una relación entre lo inferior y lo superior en mi mismo, en mi interior, a través de un proceso consciente de autoconocimiento. Este proceso es el desarrollo del ser. En este camino se va fortaleciendo una entidad interna, una autoridad de una parte más consciente sobre otra más automática. La autoridad hacia afuera, hacia un niño/a, viene legitimada por esta comprensión y este desarrollo, que aumenta también proporcionalmente nuestra capacidad de amar y comprender al otro. También y de manera muy importante esta autoridad cuenta con una legitimación social, del contexto de la comunidad. Arendt argumenta vehementemente en este sentido como en nuestro mundo los relatos de legitimación han desaparecido: la autoridad, la tradición, la religión. Es muy interesante ver como tradicionalmente ha habido una distinción entre autoritas, y potestas. Potestas es el poder, que puede ser coercitivo o violento (ver la bibliografía al final del post  para ampliar).

Autoritas se determina por la entidad que tiene una persona como ser humano, como individuo, por su comprensión, su calidad humana, por su ser, por lo que esa persona es. Ahí argumenta Marina que tenemos un problema al querer dirimir todo por el rasero de la igualdad. Una cosa es tener igualdad de derechos, la justicia y la justicia social, y otra cosa la diversidad de mérito, el ser de un individuo, su posibilidad de representar autoritas.

La autoridad en cualquier caso debe ser de alguna manera comprendida y legitimada por el conjunto de la comunidad si queremos que una institución como la escuela sea operativa. Los maestros a su vez deben representar ese crecimiento interno a través de un proceso consciente de autoeducación que les infiera por la cualidad de su presencia, de esa autoridad. Parece que pare ello debemos encontrar un referente significativo para esta palabra, un nuevo modo de comprender la autoridad. A la vez, para legitimar esa autoridad, la formación de los maestros y maestras no debería ser inferior a la de un médico o un ingeniero, ni tampoco tener menos reconocimiento. No es menor lo que está en juego.

Pero, ¿necesitamos autoridad? En el jardín de infancia, es decir, en un terreno práctico y real, esto no deja lugar a dudas. Los niños y niñas del jardín necesitan una autoridad de la que deriven unos límites. Hay una autoridad que acompaña al niño, que cuida el estar juntos, hasta que el niño en su proceso de crecimiento puede ser una autoridad para sí mismo. El discurso teórico de la autorregulación, de la idea de que si se les deja a su aire se van a desarrollar como personas integras y responsables y que toda interferencia es nociva y pervierte su “libertad” y desarrollo es sencillamente inoperante en la realidad. (Aquí recuerdo la historia de Frege y Hilbert, que quizás podamos abordar en un próximo post). Frente al postulado de la autorregulación la realidad nos dice otra cosa. Los niños, al juntarse, caen en agresiones, faltas de respeto, insultos, que no se regulan solos. Sería maravilloso que así fuera, pero no es así. La realidad es que debemos estar ahí, tenemos una responsabilidad y un papel que jugar. Mi autoridad representa que como maestro o como padre o madre cuido y me hago responsable de mis actos, de mi pensar y mi sentir. A mayor libertad interior, más responsable puedo ser de mi mismo, mayor es mi nivel de ser, y mayor autoritas puedo representar. Hay un trabajo interno que hacer. Esto es necesario para que pueda mostrar una presencia que está siempre disponible emocionalmente para el niño, independientemente de cualquier acto que pueda cometer. Precisamente porque el niño no es responsable, la acción no puede ser otra que la que es en ese momento. Por otra parte mi autoridad es necesaria para determinar unos límites claros, mi autoridad es necesaria para cuidar un ambiente que posibilite la autonomía y el cuidado de la convivencia, el respeto mutuo. Mi respuesta y mi presencia requieren un esfuerzo y un saber cómo, para no solo mostrar el qué, sino igualmente importante el como. No necesito mostrar que “eso no se hace” de modo violento, causando un daño, haciendo sentir mal; no hace falta. El como también se enseña. Pero es necesario ver que no me puedo esconder; no puedo no posicionarme. No puedo mirar para otro lado por pereza, o porque creo que no se. Los límites son una necesidad que el niño y las comunidades humanas muestran de un modo que no deja lugar a dudas. Quizás sea una condición de existencia, vivir es vivir dentro de unos límites. No asumir tu responsabilidad como adulto es hacer daño. Poner límites se puede hacer desde el amor, la amabilidad y el afecto; eso también forma parte de un camino de crecimiento y de aprendizaje, sobre todo si has aprendido en base a otros parámetros. Pero no puedo escudar mi responsabilidad porque no se como hacer. Como maestros, como padres, necesito autoridad para gobernarme a mi mismo, y autoridad para posicionarme, mostrar desde una posición de una autoconciencia más madura lo que si y lo que no. 

En este punto estoy con Marina en que trabajamos por construir un proyecto ético. Toda mirada, filosofía u orientación desembocan irremisiblemente en una ética. Y es inocente pensar que nuestro posicionamiento, sea por acción u omisión, están exento de un componente ético. Es como el viejo argumento hermenéutico, no hay concreción, forma, acción o proposición exenta de posicionamiento. No hay posicionamiento exento de forma. Es una condición de la materialización de las cosas. Sí puede haber más o menos ignorancia, más o menos conciencia. Pero en este aspecto pareciese estamos como las avestruces metiendo la cabeza en el suelo.

Los valores éticos los encarnamos y transmitimos. De hecho, muchos son expresos: no maltratar a los animales, cuidar el entorno, las plantas, el cuidado al otro, el trato a la comida, etc. El problema que tenemos hoy en día, es que, al igual que la autoridad ha perdido su relato legitimizante, así los valores carecen de una narrativa que los sustente. Es decir, antes, en generaciones anteriores, los valores, la moral, estaba dada por el entorno social. Te lo daba la iglesia, el cura, el maestro, los padres, la guardia civil como decía una señora que entrevistamos el otro día. Todos más o menos estaban alineados con una comunidad de valores, en base a un relato común que les permitía entenderse, cooperar, educar. Hoy en día este relato legitimizante y portador de sentido no existe, por lo que tenemos que pasar cada valor por el tamiz de la conciencia. Ahí está la dificultad. Requiere un esfuerzo y un trabajo. Cada valor, el dinero, el cuidado del otro, la muerte, la discriminación, todos los valores, que no son otra cosa que el sustrato, el fundamento, el suelo por el que caminos por la vida, deben recogerse en cada persona, en cada hogar, y conquistarlos para encarnarlos y poderlos transmitir. Debemos hacer ese trabajo, y nos podemos ayudar unos a otros.

También nos dificulta el hecho de haberse cometido tantas atrocidades, el horror ha sido tan inmenso bajo la coartada de unos supuestos principios y valores, que nos asusta ahora caer en algo que se acerque a aquel dogmatismo, nos aterra caer en una narrativa dogmática de ese cariz. Los principios sin conciencia son un cascarón vacío. Un cascarón peligroso. Ese espanto, el de la guerra, la muerte, la inconsciencia, el mal en definitiva, lo llevamos todavía como una memoria de horror impresa en el alma.

Por este hecho también es necesario que hagamos un esfuerzo de conciencia por relacionarnos de un modo humano. El proyecto ético que construimos entre todos, es frágil, de un plumazo podemos volver a empezar. Por eso hemos de construirlo con cuidado y laboriosidad. Cada generación se enfrenta al reto de dar cuenta de su mundo de valores, y mirar al horizonte con inteligencia.

Otra dificultad es el modo de vida: no tenemos tiempo. Trabajamos muchas horas y así es muy difícil educar. ¿Quién educa? Es muy difícil después de una larga jornada, donde tanta energía hemos dejado en el proyecto laboral, llegar a casa, e imponer límites, ser íntegro en una autoridad consciente. Es mucho más fácil poner la tablet, la tele o el móvil. Educar, intervenir en la pelea de dos hermanos furibundos, tomar ese conflicto como oportunidad de aprender algo, es mucho más cansado que poner la tele. Estar con niños puede resultar un esfuerzo de la hostia, al tiempo que es una oportunidad sin igual de crecimiento. Es una segundo oportunidad de crecimiento que nos brinda la naturaleza. Sin embargo al llegar a casa sin energía esto es una utopía. Este un modo de vida arrasa con la pareja, con la familia, y por supuesto arrasa con la infancia. Nos mete en un círculo vicioso: no tenemos tiempo, entonces nadie educa, entonces no hay límites, porque estoy muy cansado, entonces como no hay límites no hay libertad, ni autonomía, ni crecimiento, ni se puede dar el marco de una comunión en la relación, entonces se da un vacío de sentido que el niño vive como un abandono íntimo. Los valores son el sustrato que posibilita construir un horizonte de sentido. Nuestra hipótesis es que este horizonte de sentido se construye a partir del contacto con nuestro ser esencial, y que es este contacto el que posibilita un desarrollo de la conciencia moral. Es decir, la conciencia moral no es algo que se de de modo arbitrario o en abstracto, es algo que crece en tanto se da un desarrollo del ser. En tanto madura la conciencia, la inteligencia, en tanto hay un crecimiento del ser entonces se da una mayor claridad y concreción por el crecimiento paralelo de la conciencia moral. Es a través de un trabajo de autoconocimiento que crezco internamente y puedo adquirir una conciencia moral. Esto es lo que legitima mi autoridad.

Hay un proyecto ético que construimos entre todos, como comunidad humana. Este proyecto es frágil. Debemos ser laboriosos en su construcción y su cuidado. Nuestra visión es que si no trabajamos por construir unos modos de relación y de educación humanos, otras fuerzas e instancias trabajarán diligentemente por deshumanizarla. No podemos dormirnos en los laureles.

La consecuencia de todo ello es que establecemos unos modos de relación y establecemos un tipo de dinámicas, sobre todo en lo que respecta a la infancia, que son macabras. Son macabras porque desatienden a mucho de lo que sabemos sobre las necesidades reales de los niños y las consecuencias de no atenderlas. Una cosa es hacer mal por ignorancia o inconsciencia. Otra es por egoísmo, interés o pereza. Esto es de ser memo. Nuestra pereza, ignorancia, miedo o falta de tiempo no pueden ser la coartada para maltratar la infancia.

3 – Autonomía

La autonomía es la fuerza interna de crecimiento que portamos como seres humanos. Leibniz la llamaba la fuerza activa. Todos los organismos vivos tienen este principio de desarrollo, de que la dirección de la maduración del ser proviene del interior. Así madurar, crecer, es estar alineado con la energía evolutiva. Somos parte de un proceso de crecimiento que se da de modo natural en la naturaleza. La vida consiste en esto. Crecer, aprender, madurar, es el proceso que se da mientras vivimos. La finalidad del proceso de autonomía es ser la ley para uno mismo. Poder gobernarse, con integridad, a través de un camino de evolución interna. Los parámetros de ese camino están en el interior. Esto se manifiesta como un desarrollo en la capacidad afectiva, empática, la capacidad de amar, y poder construir para uno mismo un sustrato de valores y un horizonte de sentido enraizado en nuestra propia humanidad. La autonomía es la posibilidad de vivir como seres humanos de modo acorde a nuestra conciencia.

4 – Límites

Los límites en este sentido representan el cuidado del ambiente y las condiciones necesarias para la manifestación de la autonomía. En un bebé, se ponen unos límites en el espacio, para que no sea un lugar ni demasiado grande, donde se sienta perdido, ni demasiado pequeño. Se pone unos límites en cuestión de seguridad, para que no se haga daño, etcétera. Se cuida el ruido, la temperatura, la luz. Se cuidan, en definitiva, las condiciones que posibilitan al bebé crecer desde sí mismo. Esto es lo que hacemos con el resto de edades, adecuándonos a qué crece y qué madura en cada niño en cada momento.

 Vemos que un niño al que no se le pide ningún esfuerzo, y que no tiene límites, no es un niño feliz. También en nosotros opera una fuerza de oposición, necesaria para el crecimiento, que es necesario ser superada. Un niño sin límites es un niño desorientado, berrinchudo, egoísta, sin forma. Poner límites es tener la claridad de qué condiciones requiere el ambiente de convivencia para poder crecer juntos. En ocasiones este requiere pedir un esfuerzo, y lo hacemos comúnmente: el respeto por la comida, por ciertas situaciones. Ese respeto recíproco en ocasiones lo tiene que mostrar, que sugerir o que marcar el adulto, al menos es así en la etapa de infantil con la que nosotros trabajamos. Después a través del diálogo y la comunicación, los niños pueden comprender que los límites son un cuidado para estar bien, para que nadie sienta miedo, para poder convivir, para que cada uno pueda ser desde sí mismo. Los límites son el principio del respeto. Esta comprensión viene dada por nuestra autoridad, es decir, por la comprensión que se da por el desarrollo de nuestro propio ser. Si no hay un crecimiento del ser, un trabajo interior de desarrollo, todo es un cacareo teórico sin fundamento.

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Referencias:  

Hanna Arendt, Entre el Pasado y el Futuro, Ocho ejercicio sobre la reflexión política, Barcelona, Austral, 2018

Byung-Chul Han, La Desaparición de los Rituales, Barcelona, Herder, 2020.

Antoine de Saint-Exupéry, Ciudadela, Madrid, Alba, 2017

Jose Antonio Marina, La recuperación de la Autoridad, Barcelona, deBolsillo, 2014.

Rebecca Wild, Educar para ser, Barcelona, Herder, 2011.

John G. Bennett, Deeper man, UK, Bennett Books, 1994.

 

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