Salimos de Gijón después de dos semanas de estancia. La noche de antes me da un complejo de abuela, extraño y desmedido. Al menos desconocido para mi. Me sorprendo haciendo una compra salvaje en el Alcampo de Gijón, cocinando 7 u 8 tuppers: lomo, espaguetis, tortilla, bocatas… compro al menos 16 chorizos asturianos para guisar y varios paquetes de embutido que pido envasen al vacío. Lleno el coche de gasolina, y reviso presión en los neumáticos. Nos vamos a Italia, por carretera, mis dos hijos pequeños, Chantal, nuestro perro Filos y yo. Son las 3 de la mañana y acabo de terminar los últimos tuppers y recoger. Parece que ha caído una bomba en la cocina. Me tumbo y mirando al techo reconozco un cierto sentimiento de congoja por salir en esta situación. ¿Estaremos haciendo bien, somos unos inconscientes, unos temerarios? Me reconforta darme cuenta de esta sensación esquiva. También reconozco que en este momento lo más normal es quedarse acojonado en casa. Desde luego no hacer 1700 km por carretera. Lo respiro un rato y emerge un sentimiento que se inclina del lado de la ilusión, la esperanza, la confianza, el hacer algo bueno para nosotros, para Baobab, para las familias de Baobab; poder comunicar este camino de descubrimiento, poder trabajar por aquello por lo que nos comprometimos hace 12 años: cuidar la infancia. Hoy quizás es más importante que entonces. La confianza gana por goleada.

Dejamos a este lado de la frontera el miedo, y nos ponemos del lado de la ilusión y la esperanza, que es, por otra parte, donde habitan los niños. 

Hacemos toda la costa cantábrica con una lluvia intensa, para honrar la fama de estas tierras. Nos quedamos con ganas de visitas Asturias con propiedad. Ir a Picos de Europa. En el trayecto también dejamos pendiente Cabárceno. 

La primera noche la hacemos ya en tierra francesa. Las literas del hotel son el éxtasis para los niños.

Al día siguiente planeamos cruzar Francia de oeste a este. A modo de prueba tomamos una ruta sin peajes que pronto comienza a ser un recorrido infernal adelantando camiones y cruzando pequeñas aldeas. Hacemos una pausa para que Filos pasee y haga pis, con la decisión de retomar la autopista tan pronto sea posible. Paramos junto a un maizal a medio cosechar, literalmente en medio de la nada, y tras los primeros pasos estirando y desentumeciendo las piernas regresa nuestro querido perro completamente envuelto en caca de algún animal. Es algo que hace de vez en cuando, algún tipo de instinto que entiendo tiene que ver con camuflarse olfativamente frente a otros animales, (es mi interpretación cero-científica); lo ha hecho en otras ocasiones con caca de jabalí, pero nunca con el grado de embadurnamiento tan grotesco de esta vez. Está completamente lleno de caca…

La situación es complicada, pues Filos viaja en la parte de atrás del coche, a los pies de los niños, y no tenemos manera de limpiarle en este maizal. El hotel nos queda todavía a varias horas de coche y no hay pueblo ni gasolinera cercana según el gps… qué hacer… 

Eureka! Se nos ocurre hacer uso de las plantas de la zona; esto se hace de toda la vida… Cerca del coche resulta haber una hermosa bala de paja y hacemos el intento de frotarle con ella arrancando trozos, como si se tratase de un estropajo vegetal improvisado. El resultado es horrible. Ahora queda como una especie de espantapájaros, o puerco espín, con la paja adherida al cuerpo. El olor es atroz. La paja además tiene bichos que vemos reptar por el pelo, alguna chinche de buen tamaño nos saluda. En estos momentos la necesidad aviva el ingenio, dice mi madre; en este caso se nos ocurre usar una botella de agua que nos queda, una de las grandes de litro y medio. Al menos para “quitarle lo gordo”. Se la vertemos por el pelaje del cuello, que es la zona más afectada, y este se convierte en el momento quizás más complicado. El perro al echarle agua por encima hace lo que hacen los perros cuando se les echa agua por encima, sacudirse con garbo y elegancia …

Envolvemos a Filos en una toalla y nos vamos al hotel más cercano. Entramos de incógnito y le lavamos en la ducha, no sin cierto trabajo y toda la escatología humana y divina participando. No está mal para el segundo día de ruta. Hemos hecho 400 km menos de lo previsto, pero bueno, ¡qué sería un roadtrip sin este tipo de aventuras…!

 

 

Os dejamos este poema que teníamos olvidado y con el que nos reencontramos al llegar a Reggio Emilia: 

El niño está hecho de cien

El niño tiene
cien lenguas
cien manos
cien pensamientos
cien maneras de pensar
de jugar y de hablar
cien, siempre cien
maneras de escuchar
de sorprenderse, de amar
cien alegrías
para cantar y entender
cien mundos
que descubrir
cien mundos
que inventar
cien mundos
que soñar.

El niño tiene
cien lenguas
(y además cien, cien, y cien)
pero se le roban noventa y nueve.

La escuela y la cultura
le separan la cabeza del cuerpo.

Le hablan:
de pensar sin manos
de actuar sin cabeza
de escuchar y no hablar
de entender sin alegría
de amar y sorprenderse
sólo en Pascua y en Navidad.

Le hablan:
de descubrir el mundo que ya existe
y de cien
le roban noventa y nueve.

Le dicen
que el juego y el trabajo,
la realidad y la fantasía,
la ciencia y la imaginación,
el cielo y la tierra,
la razón y el sueño,
son cosas
que no van juntas.

Le dicen en suma
que el cien no existe.

Y el niño dice:
En cambio el cien existe!

por Loris Malaguzzi

INVECE IL CENTO C’È

 

Il bambino

è fatto di cento.

Il bambino ha

cento lingue

cento mani

cento pensieri

cento modi di pensare

di giocare e di parlare

cento sempre cento

modi di ascoltare

di stupire di amare

cento allegrie

per cantare e capire

cento mondi

da scoprire

cento mondi

da inventare

cento mondi

da sognare.

 

Il bambino ha

cento lingue

(e poi cento cento cento)

ma gliene rubano novantanove.

 

La scuola e la cultura

gli separano la testa dal corpo.

 

Gli dicono:

di pensare senza mani

di fare senza testa

di ascoltare e di non parlare

di capire senza allegrie

di amare e di stupirsi

solo a Pasqua e a Natale.

 

Gli dicono:

di scoprire il mondo che già c’è

e di cento

gliene rubano novantanove.

 

Gli dicono:

che il gioco e il lavoro

la realtà e la fantasia

la scienza e l’immaginazione

il cielo e la terra

la ragione e il sogno

sono cose

che non stanno insieme.

 

Gli dicono insomma

che il cento non c’è.

Il bambino dice:

invece il cento c’è.

 

Loris Malaguzzi

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